Nací en Barcelona un mes de junio del 1970. En mi familia siempre vivimos la música y el arte pictórico de cerca. Mi padre era pintor y convivíamos seis hermanos entre pinceles, telas, papeles y carboncillos.
Desde pequeña encontré en el arte un lenguaje que me permitía expresar todo aquello que era incapaz de comunicar con palabras. Y eso que era una niña muy charlatana, pero, hablar mucho, no siempre garantiza comunicar las emociones o sentimientos que llevamos dentro.
Todos los lenguajes artísticos nos permiten conectar con nuestro centro y transmitir, sin tener que pasar por la mente, lo que somos realmente. Yo escogí la pintura y me licencié en la facultad de Bellas Artes de Barcelona, en esta especialidad.
Nunca he dejado de pintar y dibujar, pero la vida me ha llevado también a conocer y dedicarme en profundidad a otras realidades como la maternidad y la docencia. Ahora que la vida me lo permite, he vuelto con fuerza al mundo de la pintura. Es mi cuidado diario, la fuente de expresión donde conecto conmigo misma.
Pinto en plena libertad y las emociones me llevan desde los fondos abstractos a la figuración. De las veladuras anárquicas al control absoluto de una simple línea.
Mis cuadros se desplazan por el estudio de la mesa al caballete, del horizontal al vertical. Trabajo en ellos con la mentalidad abierta para acoger todo aquello que más me acerque a expresar los sentimientos de ese momento presente.
Cojo el pincel con la mano y lo desplazo por la tela desde el corazón, esparciendo emociones que buscan encontrar su lugar. Los colores son prioritarios en mi obra. Los azules ocupan gran parte de ellos y todavía no he podido o querido evitarlo. Los voy escogiendo y se funden uno con otro, con generosidad, como en un acto de amor.
La música siempre me acompaña. Desde las piezas más clásicas a compositores actuales. Igual que con la música, no cierro las puertas a nada, todo vale cuando queremos transmitir, comunicar, en este magnífico lenguaje que llega mucho más lejos que cualquier palabra.